martes, 13 de febrero de 2018

Microcuentos 2


BIG EYES

Pestañeó dos veces para decir que sí, según lo acordado. Le habían encargado vigilar tras el arrecife y avisar si llegaba algún barco. Un pestañeo “no”, dos, “sí”. Sus enormes ojos lloraban por el esfuerzo, lo intentó desesperadamente pero ya era demasiado tarde, las redes los habían rodeado, veloces, cerrando cualquier escapatoria.
Olvidaron que sus ojos carecían de párpados. Maldita memoria de pez.


*  *  *

LA MADRE

Pestañeó dos veces para decir que sí.
Sedado y monitorizado contemplaba tranquilo a la señora vestida de negro inmóvil a los pies de la cama. Llevaba dos semanas visitándole cada noche, en silenciosa compañía. Al principio la tomó por una interna de la quinta planta que conseguía escapar al control de los enfermeros.
Hasta que ayer le habló de un hijo con su misma edad, con dos niñas pequeñas y un corazón cansado de vivir. Una pena, a menos que llegara un milagro.
Por eso hoy le ha dicho "sí", tendría su milagro. Y mañana él, después del trasplante, volvería a nacer, pensó.
Desconectó la máquina.


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viernes, 2 de febrero de 2018

Es magia


Es magia.
Mi madre ha vuelto de hablar con el médico, llorando otra vez. Bueno, sé que ha llorado porque viene muy triste y con los ojos llenos de pequeñas arañitas rojas. Le he dado un abrazo fuerte y le he dicho que no se preocupe, que, como dice mi profesor de matemáticas, todo tiene solución. Eso dice don Manuel cada vez que nos pone algún problema que no entendemos,  y es verdad, al final conseguimos resolverlo, sólo necesitamos un poquito de ayuda o alguna de sus “fórmulas mágicas”, como las llama el profe.
Le digo a mi madre que no esté triste, que cuando sea mayor iré a Estados Unidos a estudiar mucho para ser doctor, el mejor, y que trabajaré e investigaré tanto que encontraré la fórmula mágica que curará el cáncer.
Mi padre ha ido mientras a por el coche para llevarnos a casa. Me ha prometido que este fin de semana iremos a ver la final de la copa. Mis amigos no se lo van a creer.
Me dicen que mañana vuelvo al cole, ¡por fin! Cada vez que vengo al hospital me tengo que quedar varios días y me aburro un montón porque aquí no se puede correr. Tengo muchas ganas de ver a Alberto y a Carlos, son mis mejores amigos. Ellos también se cortaron el pelo al cero, como yo, para que jugáramos siempre juntos en el mismo equipo de fútbol durante los recreos. A ver si esta semana conseguimos ganar a los de 5º A, aunque tienen un portero buenísimo.
Han venido algunas enfermeras a despedirnos y no paran de besuquearme, con la vergüenza que me da, me ponen rojo como un tomate. Me han hecho prometer que si vengo a visitarlas traeré un dibujo de mi perro Troilo. Es de color chocolate y tiene las orejas grandes y largas hasta el suelo. Lo he echado de menos, mucho, porque todos los días me espera en la puerta de casa cuando vuelvo del colegio. Imagina cuando me vea, qué alegría se va a llevar.
Bueno, mamá está muy cansada y nos tenemos que ir. Cuando despiertes ya no estaré en la habitación de al lado, le dejo esta nota a tu madre. Tú también te irás pronto, ya verás. No olvides tu sueño de ser astronauta, recuerda que los mayores nos necesitan.
Adiós María, pensaré a menudo en ti. Nos veremos pronto.
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Fotografía: El Universal (Ciudad de México)
https://www.am.com.mx/2016/11/29/mexico/crisis-en-hospital-afecta-a-ninos-con-cancer-330081

miércoles, 17 de enero de 2018

Microcuentos 1


Villa  San  Luis
¿Bucear en el lago que había al lado de la casa?, ni loco, sería lo último que hiciera. Ni se te ocurra bañarte en la laguna, le advertía su madre cada vez que salía en bicicleta con los amigos. En el pueblo existían antiguas leyendas de fusilados y desaparecidos. El paraje ejercía una irresistible atracción para los chavales que no dudaban en zambullirse en calzoncillos en el verdor de sus aguas. Él prefería rodear las ruinas de la vieja casa para sentarse a la sombra de la encina, extrañamente frondosa durante todo el año, y contemplar el muro trasero picoteado de pequeños orificios, imaginando. . .
 * * *




El loco del pozo
Bucear en el lago que había al lado de la casa que había en el valle que había en tu ombligo, bucear sin querer salir a respirar, abrazado por tus cálidas piernas de agua y algas, y al final salir para volver al fondo, hasta morir…
La niña María temblaba bajo su vestido, rodeaba fuerte mi cuello con sus bracitos blancos, asomándonos al brocal para buscar la luna que había dentro. Aún la escucho por las noches llamándome ¡Papá, Papá!
Llega la enfermera con la medicación, es hora de acostarse. Me llamo Fernando, aunque desde niño me llaman el loco del pozo. 

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martes, 2 de enero de 2018

En blanco y negro


Comenzaban las fiestas haciendo cadenas de papel que unían con una mezcla de harina y agua, y que luego colgaban en las paredes del salón uniendo la fotografía de boda de sus padres con el retrato de los abuelos. Una maceta grande hacía de árbol de Navidad en el que enganchaban los restos de guirnaldas deshilachadas que habían sobrevivido milagrosamente al paso de los años, y lo coronaban con una estrella de cartón forrada con papel de aluminio. Sobre el mueble bar intentaban montar un pequeño nacimiento con algunas figurillas despistadas e insuficientes.
Aquellos días el hogar olía a los roscos de sartén que como cada año se elaboraban según la receta familiar manuscrita en un trozo de papel de estraza manchado de aceite; harina, huevos, un chorrillo de anís, ralladura de un limón, sobrecillos El Tigre… De fondo se escuchaban las estridencias del molinillo triturando azúcar.
Las noches más señaladas las pasaban en la mesa camilla, alrededor del brasero de ascuas y de una gran bandeja de dulces. Veían la programación especial que daban por televisión frente al viejo Telefunken en blanco y negro, o escuchaban en el radiocasete los Campanilleros  y otros villancicos de Juanito Valderrama en liza con Dolores Abril.
Si amanecía buen día salían temprano con la mula rumbo al olivar de la solana, vadeando el arroyo de Sabiote por el viejo puentecillo de piedra, siempre tapizado de hojas muertas que caían de los álamos que lo flanqueaban.
Y unos días antes de la vuelta al colegio, los Reyes Magos, a lomos de un tractor, volvían a sembrar de caramelos las calles del pueblo. Él no pedía regalos, empresa imposible, tan sólo deseaba una noche de lluvia, acostarse escuchando las canales y dormir plácidamente arrebujado bajo las sábanas frías con la tranquilidad de que al día siguiente no tendría que madrugar.

FIN

martes, 26 de diciembre de 2017

Mi Carmen



Mi Carmen
        La vida es una sucesión de instantes, de pequeñas decisiones que tomamos inconscientemente y que van determinando nuestro camino, mientras vivimos preocupados por lo cotidiano sin valorar lo que poseemos hasta haberlo perdido, no lo superfluo o lo material sino bienes tan preciados como la familia, los amigos, la salud o la vida.

El día que a Javier lo arrastra el mar y está a punto de morir ahogado, salió de madrugada a faenar con su hermano mayor y su padre en busca del sustento familiar. En el puerto quedó preocupada la madre, observando el barco alejándose con lo más querido que tiene en este mundo.

Javier tiene diecisiete años. Los fines de semana suelen dejarle en casa para que estudie, esperan que saque una carrera y no tenga que dedicarse a la pesca como su hermano, que abandonó el colegio a los catorce. El mar no es futuro para un muchacho, le ha dicho su padre mil veces. Hace unos días comenzaron las vacaciones de Navidad en el Instituto y es éste su tercer amanecer a veinte millas de tierra firme, rodeados de agua a bordo de “Mi Carmen”, el viejo pesquero de madera que su padre heredó del abuelo y que viene soportando los últimos tumbos antes de morir en el desguace.

Cae la tarde y el tiempo ha ido empeorando, la lluvia fría cae con fuerza. Ahora están recogiendo las redes con la proa apuntando a  la costa, la captura no ha sido buena, más bien escasa, apenas unos kilos de gambas que se pagan bien por estas fechas. El viento levanta grandes olas por encima de la embarcación y un golpe de mar arrastra a Javier al agua ante la mirada atónita de su hermano. Las olas le zarandean sin descanso, le voltean bajo la superficie hasta que pierde la orientación, dónde es arriba, dónde abajo. Exhausto, lucha desesperadamente por salir a respirar y cuando está a punto de abandonar y rendirse a lo inevitable, le aparece el recuerdo de su madre con la mirada preocupada despidiéndose esa mañana en el puerto, cuánto le hubiese gustado acabar el bachillerato, piensa en las postales que recibió de Míriam el pasado verano, ya no podrá despedirse de su padre, de su hermano… y le invade una profunda tristeza.


El tiempo parece haberse detenido, cuando siente que tiran de él hasta que consiguen salir, ya sin fuerzas, a la superficie. Está diluviando, la mar encrespada y el barco a unos metros acercándose, con su padre inclinado sobre la borda gritándoles para que se agarren al cabo que les ha lanzado. Cuando logran ponerse a salvo tiritan muertos de frío él y su hermano. En la cabina intentan entrar en calor cambiándose la ropa empapada y tomando un buen trago de brandy.

Maneja el barco el padre ceñudo durante todo el trayecto de vuelta, sobran las palabras, el mar no tiene futuro, aprovecha los estudios y vete del pueblo, aquí está todo el pescado vendido, se lo ha dicho mil veces. Sentado en un rincón, Javier no levanta la vista de sus manos agrietadas y llenas de ampollas.

Cuando entran por la bocana del puerto está pensando en su madre, en el tiempo que lleva sin darle un beso, recuerda a los amigos, a los profesores, ahora tiene claro que estudiará idiomas cuando acabe el Instituto. Y hay una idea en su cabeza que no ha dejado de darle vueltas desde que volvió a nacer, cuando regrese de estas vacaciones le gustaría tanto hablar con Míriam.

La vida, es un momento.


*  *  *

sábado, 25 de noviembre de 2017

APADRINA UN LIBRO



Cuando entré por primera vez olía a humedad y a vejez, en el sentido literal de la palabra, aunque hacía ya casi dos años que había muerto la abuela. Los hijos querían vender la casa. Allí sólo quedaba la ruina de años de vida solitaria y huraña tras haber quedado viuda, de no haberle echado apenas dinero para mantener una vivienda que nadie querría habitar cuando muriera. Muebles viejos, que no antiguos, las cuadras en la parte trasera, alacenas repletas de cacharros de cocina que yo recordaba de mi niñez, un baño inhóspito decorado con pequeños azulejos blancos.
En la primera planta se hallaban los cuatro dormitorios donde antaño bullía la vida de siete niños, nada menos. Las camas que habían quedado con sus cabeceros de latón y acabados de bolas metálicas todavía conservaban el interruptor de pera; recuerdo ver en una de las habitaciones un hueco en una pared que hacía las veces de armario empotrado, separado de la pieza por una cortina de plástico con fondo de lunares de color, en su interior el bacín de toda la vida, mantas raídas, una caja de Juegos Reunidos Geyper, algún que otro juguete y cajas de cartón, muchas cajas. Me puse a husmear su contenido y no podía creerlo, allí había un buen montón de libros.
Libros de texto de aritmética, teneduría o problemas de los años 60 y 70 que pertenecieran a sus hijos o a sus nietos; libros de consulta y lecturas,  “Flora”,  Una señora comprometida”, “España es así”, “Don Quijote de la Mancha, lectura para niños”, “El Florido Pensil”, “Patty Hearst y otras piezas de vanguardia”, “El último de los Intocables”, “Almanaque de La Saeta para 1904”, “Guía del cultivador” de 1876 . . .  Algunas novelas en lengua inglesa de la editorial Book Penguin Readers, y entre los autores más actuales encontré a Salvador de Madariaga, Tennessee Williams o Pearl S. Buck. Había una pequeña caja-joyero de madera, con unas iniciales escritas con lápiz en la cara interna, que guardaba varios ejemplares de “Los Cuentos de Saturnino Calleja”.
En las buhardillas los tejados se hundían bajo su propio peso. Todavía quedaban unos puñados de almendras secas sobre unos sacos de esparto y varios pequeños aperos de labranza. Me pregunto si la abuela, cuando todavía vivía en la casa, recordaba que todo aquello estaba allí.
Tuve que decidir si abandonarlo todo a la vorágine del ladrillo o salvar lo que bajo mi humilde entendimiento mereciera la pena. ¿Quién no ha conservado con especial cariño algún libro del colegio, una novela o un cuaderno de dibujo, deseando que sus hijos lo cojan cuando tengan la edad suficiente para experimentar algo parecido a lo que él sintió al abrirlo por primera vez?
Ahora cuento en mi biblioteca con dos ejemplares de “Viento del Este, viento del Oeste” y cuando me acerco a determinada estantería percibo un ligero olor a humedad.

Indalecio Jiménez Fernández (09/01/2017)





sábado, 21 de octubre de 2017

LA PRIMERA VEZ



            La biblioteca se encontraba en el hueco de las escaleras que conducían a las oficinas centrales del Ayuntamiento, en un cuartucho sin ventanas que había servido para albergar los calabozos donde la policía municipal custodiara en otros tiempos a los maleantes del pueblo. Para acceder había que agacharse sorteando una arcada de piedra y cuidando de no dejarse en el intento la frente u otros elementos anatómicos más elevados.
            La primera vez que entré, llamaron mi atención unas pilas de libros amontonados por el suelo formando pequeños islotes de papel en precario equilibrio. Al fondo se distinguía una mesa larga abarrotada de tomos que semejaban un tenderete de mercadillo con libros de ocasión. Numerosos desconchones en las paredes dejaban al descubierto las capas de encalado acumuladas a lo largo de los años. Busqué maliciosamente en los muros dibujos carcelarios y restos de frases del tipo “Libertad sin cadenas” o “Haquí estubo el Bizco”, con fechas que delataran el paso de sus autores por el hotelito. Como única decoración, resaltaban unos ajados pósteres de Turismo de España de los años sesenta que promocionaban las casas colgantes de Cuenca y un paisaje con molinos del Campo de Criptana.
            Allí conocí a Beatriz, cual náufraga superviviente de un desastre recién acaecido, en medio de aquel triste cubículo donde habían instalado la biblioteca. Envuelta por una vorágine de libros, enciclopedias y cajas de cartón sin abrir, clasificando antiguos y polvorientos ejemplares encuadernados en tapas duras de lomos descoloridos que contrastaban con el moreno de sus brazos desnudos. Lucía una abundante melena de pelo negro, zaíno, recogido en una descuidada coleta que parecía estar misteriosamente sujeta por un lápiz. De una insultante lozanía, el rostro ovalado, unos ojos marrones de mirada alegre y la sonrisa radiante, le calculé poco más de veinte años, la mejor edad de la vida. 

Tan embobado estaba en su contemplación que tardé unos segundos en responder a su saludo. Cuando le pregunté por Tuareg, la obra de Alberto Vázquez-Figueroa que me habían recomendado, se puso inmediatamente a buscarla entre aquel totum revolutum. Pensé que tardaría una eternidad en encontrarla, y deseé que así fuera por dilatar el momento todo lo posible, pero en menos de un minuto dio con el libro en sus manos y con mis ilusiones por los suelos.
La novela, que tan magistralmente narraba el tinerfeño, fluyó ante mis ojos como arena entre los dedos de la mano. Nunca imaginé que un desierto aportara argumento creativo suficiente para escribir más de una página. A los dieciséis años descubrí mi primer libro, y mi gran amor platónico, una Victoria alada surgida de los libros de Historia, la perfección personificada con el rostro de Beatriz. El tiempo me enseñaría que las primeras veces en la vida suelen ser breves, pero inolvidables.
Volví a verla dos días después. Me dejé conducir por su experiencia y fui conociendo grandes títulos de Blasco Ibáñez, Galdós, Hermann Hesse o Torrente Ballester. Durante aquellos meses de expediciones bibliotecarias, cada vez más frecuentes debido en parte a mi incipiente afición por la lectura, y por otro lado por razones obvias inherentes a la adolescencia, supe que había estado perdiendo el tiempo con los amigos intentando reconquistar los pueblos vecinos, mientras castigaba la salud fumando pasivamente en oscuros y lúgubres pubs y discotecas de verano.
Iniciar mi propia librería partiendo desde la nada más absoluta no fue tarea fácil en un hogar donde no había más textos que los escolares. Una pequeña estantería del dormitorio que compartía con mis hermanos sirvió para la modesta inauguración cultural, donde los fui ubicando como valiosos trofeos. Compraba ofertas de lanzamiento en quioscos, novelas de Saramago, Sartre, García Márquez, Kafka, Camus… Pequeños tesoros imprescindibles que fui encontrando y releyendo gustosamente con los años, historias que desapercibidamente me iban dejando su huella, imperceptiblemente pero definitiva, como las cicatrices que el viento va esculpiendo en la roca con cada minúsculo grano de arena. El viejo y el mar, La sonrisa etrusca, El principito, 1984, La madre, Viento del Este…

Fui llamado a filas en tierras norteafricanas, descubriendo con sorpresa que en aquel lugar, poco menos que el averno de Dante que yo había demonizado tras la lectura de La ciudad y los perros de Vargas Llosa, como decía, descubrí que el cuartel de Ceuta contaba con una modesta biblioteca donde pasé numerosas tardes con Delibes, con Antonio Gala, Muñoz Molina o Pérez-Reverte.
Cuando regresé al pueblo me dijeron que habían trasladado la biblioteca desde el cuartucho lóbrego que fuera encierro de delincuentes, al nuevo Centro Cultural de la Villa. Cuando fui a ver el nuevo edificio y comprobé que también habían cambiado a Beatriz por un funcionario entrado en años, medio calvo y con gafas de culo de vaso, me sentí vilmente estafado. Mandé a tomar viento el autocontrol montando una rabieta infantil hacia el impostor, cantándole mentalmente aquel estribillo de ¡gafitas cuatro ojos, capitán de los piojos!
Unas semanas después encontré a mi amada en un corredor del Ayuntamiento. Su presencia y su sonrisa acogedoras me hicieron olvidar de un plumazo toda mi ira hacia su colega. Cruzamos un breve intercambio de opiniones y consejos literarios y al poco tiempo, muy a mi pesar y no sin antes recomendarme la lectura de Juan Salvador Gaviota, se despidió, desapareciendo para siempre tras una puerta de cristal esmerilado en cuyo dintel podía leerse en pequeños caracteres de madera ÁREA DE CULTURA.

Desperté y comprendí que Beatriz había sido una quimera inalcanzable para mí, debido a mi inexperiencia como caballero andante y sobre todo a mi timidez casi enfermiza con las mujeres. Amargamente aprendí que las lecturas de la edad temprana habían ido moldeando un pensamiento aún amorfo e incapaz de escoger su propio camino. Cada libro, cada historia contada, tienen una edad irrepetible, una fecha de consumo preferente, un momento ideal de nuestra vida para agarrarlo entre las manos y deleitarse con su lectura. Al fin y al cabo, y recordando a Borges, somos lo que leemos, ¿no?


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(17/04/2017)