"UN LIBRO ES EL SALVAVIDAS DE LA SOLEDAD" (Juan Ramón Gómez de la Serna) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . "LA CURIOSIDAD ES LA INSUBORDINACIÓN EN SU FORMA MÁS PURA" (V. Nabokov)
viernes, 2 de marzo de 2018
martes, 13 de febrero de 2018
Microcuentos 2
BIG EYES
Pestañeó
dos veces para decir que sí, según lo acordado. Le habían encargado vigilar
tras el arrecife y avisar si llegaba algún barco. Un pestañeo “no”, dos, “sí”.
Sus enormes ojos lloraban por el esfuerzo, lo intentó desesperadamente pero ya
era demasiado tarde, las redes los habían rodeado, veloces, cerrando cualquier
escapatoria.
Olvidaron
que sus ojos carecían de párpados. Maldita memoria de pez.
* * *
LA MADRE
Pestañeó dos veces para decir que sí.
Sedado y monitorizado contemplaba tranquilo a la señora vestida de negro inmóvil a los pies de la cama. Llevaba dos semanas visitándole cada noche, en silenciosa compañía. Al principio la tomó por una interna de la quinta planta que conseguía escapar al control de los enfermeros.
Sedado y monitorizado contemplaba tranquilo a la señora vestida de negro inmóvil a los pies de la cama. Llevaba dos semanas visitándole cada noche, en silenciosa compañía. Al principio la tomó por una interna de la quinta planta que conseguía escapar al control de los enfermeros.
Hasta que ayer le habló de un hijo con
su misma edad, con dos niñas pequeñas y un corazón cansado de vivir. Una pena, a
menos que llegara un milagro.
Por eso hoy le ha dicho "sí", tendría su milagro. Y mañana él, después del trasplante, volvería a nacer, pensó.
Desconectó la máquina.
Desconectó la máquina.
* * *
viernes, 2 de febrero de 2018
Es magia
Es magia.
Mi madre ha vuelto de hablar con el médico, llorando otra vez. Bueno, sé que ha llorado porque viene muy triste y con los ojos llenos de pequeñas arañitas rojas. Le he dado un abrazo fuerte y le he dicho que no se preocupe, que, como dice mi profesor de matemáticas, todo tiene solución. Eso dice don Manuel cada vez que nos pone algún problema que no entendemos, y es verdad, al final conseguimos resolverlo, sólo necesitamos un poquito de ayuda o alguna de sus “fórmulas mágicas”, como las llama el profe.
Mi madre ha vuelto de hablar con el médico, llorando otra vez. Bueno, sé que ha llorado porque viene muy triste y con los ojos llenos de pequeñas arañitas rojas. Le he dado un abrazo fuerte y le he dicho que no se preocupe, que, como dice mi profesor de matemáticas, todo tiene solución. Eso dice don Manuel cada vez que nos pone algún problema que no entendemos, y es verdad, al final conseguimos resolverlo, sólo necesitamos un poquito de ayuda o alguna de sus “fórmulas mágicas”, como las llama el profe.
Le digo a mi madre
que no esté triste, que cuando sea mayor iré a Estados Unidos a estudiar mucho para
ser doctor, el mejor, y que trabajaré e investigaré tanto que encontraré la
fórmula mágica que curará el cáncer.
Mi padre ha ido
mientras a por el coche para llevarnos a casa. Me ha prometido que este fin de
semana iremos a ver la final de la copa. Mis amigos no se lo van a creer.
Me dicen que mañana
vuelvo al cole, ¡por fin! Cada vez que vengo al hospital me tengo que quedar
varios días y me aburro un montón porque aquí no se puede correr. Tengo muchas
ganas de ver a Alberto y a Carlos, son mis mejores amigos. Ellos también se
cortaron el pelo al cero, como yo, para que jugáramos siempre juntos en el mismo
equipo de fútbol durante los recreos. A ver si esta semana conseguimos ganar a
los de 5º A, aunque tienen un portero buenísimo.
Han venido algunas
enfermeras a despedirnos y no paran de besuquearme, con la vergüenza que me da,
me ponen rojo como un tomate. Me han hecho prometer que si vengo a visitarlas traeré
un dibujo de mi perro Troilo. Es de color chocolate y tiene las orejas grandes
y largas hasta el suelo. Lo he echado de menos, mucho, porque todos los días me
espera en la puerta de casa cuando vuelvo del colegio. Imagina cuando me vea,
qué alegría se va a llevar.
Bueno, mamá está muy
cansada y nos tenemos que ir. Cuando despiertes ya no estaré en la habitación
de al lado, le dejo esta nota a tu madre. Tú también te irás pronto, ya verás. No
olvides tu sueño de ser astronauta, recuerda que los mayores nos necesitan.
Adiós María, pensaré
a menudo en ti. Nos veremos pronto.
* * *
Fotografía: El
Universal (Ciudad de México)
https://www.am.com.mx/2016/11/29/mexico/crisis-en-hospital-afecta-a-ninos-con-cancer-330081
miércoles, 17 de enero de 2018
Microcuentos 1
Villa San
Luis
¿Bucear en el lago que había al lado de
la casa?, ni loco, sería lo último que hiciera. Ni se te ocurra bañarte en la
laguna, le advertía su madre cada vez que salía en bicicleta con los amigos. En
el pueblo existían antiguas leyendas de fusilados y desaparecidos. El paraje
ejercía una irresistible atracción para los chavales que no dudaban en
zambullirse en calzoncillos en el verdor de sus aguas. Él prefería rodear las
ruinas de la vieja casa para sentarse a la sombra de la encina, extrañamente
frondosa durante todo el año, y contemplar el muro trasero picoteado de
pequeños orificios, imaginando. . .
* * *
El loco del pozo
Bucear en el lago que había al lado de la
casa que había en el valle que había en tu ombligo, bucear sin querer salir a
respirar, abrazado por tus cálidas piernas de agua y algas, y al final salir para
volver al fondo, hasta morir…
La niña María temblaba bajo su vestido, rodeaba
fuerte mi cuello con sus bracitos blancos, asomándonos al brocal para buscar la
luna que había dentro. Aún la escucho por las noches llamándome ¡Papá, Papá!
Llega la enfermera con la medicación, es
hora de acostarse. Me llamo Fernando, aunque desde niño me llaman el loco del
pozo.
* * *
martes, 2 de enero de 2018
En blanco y negro
Comenzaban
las fiestas haciendo cadenas de papel que unían con una mezcla de harina y
agua, y que luego colgaban en las paredes del salón uniendo la fotografía de
boda de sus padres con el retrato de los abuelos. Una maceta grande hacía de
árbol de Navidad en el que enganchaban los restos de guirnaldas deshilachadas
que habían sobrevivido milagrosamente al paso de los años, y lo coronaban con
una estrella de cartón forrada con papel de aluminio. Sobre el mueble bar
intentaban montar un pequeño nacimiento con algunas figurillas despistadas e
insuficientes.
Aquellos
días el hogar olía a los roscos de sartén que como cada año se elaboraban según
la receta familiar manuscrita en un trozo de papel de estraza
manchado de aceite; harina, huevos, un
chorrillo de anís, ralladura de un limón, sobrecillos El Tigre… De fondo se
escuchaban las estridencias del molinillo triturando azúcar.
Las noches
más señaladas las pasaban en la mesa camilla, alrededor del brasero de ascuas y
de una gran bandeja de dulces. Veían la programación especial que daban por
televisión frente al viejo Telefunken
en blanco y negro, o escuchaban en el radiocasete los Campanilleros y otros
villancicos de Juanito Valderrama en liza con Dolores Abril.
Si amanecía
buen día salían temprano con la mula rumbo al olivar de la solana, vadeando el
arroyo de Sabiote por el viejo puentecillo de piedra, siempre tapizado de hojas muertas que caían de los álamos que lo flanqueaban.
Y unos
días antes de la vuelta al colegio, los Reyes Magos, a lomos de un tractor,
volvían a sembrar de caramelos las calles del pueblo. Él no pedía regalos,
empresa imposible, tan sólo deseaba una noche de lluvia, acostarse escuchando
las canales y dormir plácidamente arrebujado bajo las sábanas frías con la
tranquilidad de que al día siguiente no tendría que madrugar.
FIN
martes, 26 de diciembre de 2017
Mi Carmen
Mi Carmen
La vida es una sucesión de instantes, de pequeñas decisiones que tomamos inconscientemente y que van determinando nuestro camino, mientras vivimos preocupados por lo cotidiano sin valorar lo que poseemos hasta haberlo perdido, no lo superfluo o lo material sino bienes tan preciados como la familia, los amigos, la salud o la vida.
El día que a Javier lo arrastra el mar y está a punto de morir ahogado, salió de madrugada a faenar con su hermano mayor y su padre en busca del sustento familiar. En el puerto quedó preocupada la madre, observando el barco alejándose con lo más querido que tiene en este mundo.
Javier tiene diecisiete años. Los fines de semana suelen dejarle en casa para que estudie, esperan que saque una carrera y no tenga que dedicarse a la pesca como su hermano, que abandonó el colegio a los catorce. El mar no es futuro para un muchacho, le ha dicho su padre mil veces. Hace unos días comenzaron las vacaciones de Navidad en el Instituto y es éste su tercer amanecer a veinte millas de tierra firme, rodeados de agua a bordo de “Mi Carmen”, el viejo pesquero de madera que su padre heredó del abuelo y que viene soportando los últimos tumbos antes de morir en el desguace.
Cae la tarde y el tiempo ha ido empeorando, la lluvia fría cae con fuerza. Ahora están recogiendo las redes con la proa apuntando a la costa, la captura no ha sido buena, más bien escasa, apenas unos kilos de gambas que se pagan bien por estas fechas. El viento levanta grandes olas por encima de la embarcación y un golpe de mar arrastra a Javier al agua ante la mirada atónita de su hermano. Las olas le zarandean sin descanso, le voltean bajo la superficie hasta que pierde la orientación, dónde es arriba, dónde abajo. Exhausto, lucha desesperadamente por salir a respirar y cuando está a punto de abandonar y rendirse a lo inevitable, le aparece el recuerdo de su madre con la mirada preocupada despidiéndose esa mañana en el puerto, cuánto le hubiese gustado acabar el bachillerato, piensa en las postales que recibió de Míriam el pasado verano, ya no podrá despedirse de su padre, de su hermano… y le invade una profunda tristeza.
El tiempo parece haberse detenido, cuando siente que tiran de él hasta que consiguen salir, ya sin fuerzas, a la superficie. Está diluviando, la mar encrespada y el barco a unos metros acercándose, con su padre inclinado sobre la borda gritándoles para que se agarren al cabo que les ha lanzado. Cuando logran ponerse a salvo tiritan muertos de frío él y su hermano. En la cabina intentan entrar en calor cambiándose la ropa empapada y tomando un buen trago de brandy.
Maneja el barco el padre ceñudo durante todo el trayecto de vuelta, sobran las palabras, el mar no tiene futuro, aprovecha los estudios y vete del pueblo, aquí está todo el pescado vendido, se lo ha dicho mil veces. Sentado en un rincón, Javier no levanta la vista de sus manos agrietadas y llenas de ampollas.
Cuando entran por la bocana del puerto está pensando en su madre, en el tiempo que lleva sin darle un beso, recuerda a los amigos, a los profesores, ahora tiene claro que estudiará idiomas cuando acabe el Instituto. Y hay una idea en su cabeza que no ha dejado de darle vueltas desde que volvió a nacer, cuando regrese de estas vacaciones le gustaría tanto hablar con Míriam.
La vida, es un momento.
* * *
sábado, 25 de noviembre de 2017
APADRINA UN LIBRO
Cuando entré por primera vez olía a humedad
y a vejez, en el sentido literal de la palabra, aunque hacía ya casi dos años
que había muerto la abuela. Los hijos querían vender la casa. Allí sólo quedaba
la ruina de años de vida solitaria y huraña tras haber quedado viuda, de no
haberle echado apenas dinero para mantener una vivienda que nadie querría
habitar cuando muriera. Muebles viejos, que no antiguos, las cuadras en la
parte trasera, alacenas repletas de cacharros de cocina que yo recordaba de mi
niñez, un baño inhóspito decorado con pequeños azulejos blancos.
En
la primera planta se hallaban los cuatro dormitorios donde antaño bullía la
vida de siete niños, nada menos. Las camas que habían quedado con sus cabeceros
de latón y acabados de bolas metálicas todavía conservaban el interruptor de
pera; recuerdo ver en una de las habitaciones un hueco en una pared que hacía
las veces de armario empotrado, separado de la pieza por una cortina de
plástico con fondo de lunares de color, en su interior el bacín de toda la
vida, mantas raídas, una caja de Juegos
Reunidos Geyper, algún que otro juguete y cajas de cartón, muchas cajas. Me
puse a husmear su contenido y no podía creerlo, allí había un buen montón de libros.
Libros
de texto de aritmética, teneduría o problemas de los años 60 y 70 que
pertenecieran a sus hijos o a sus nietos; libros de consulta y lecturas, “Flora”, “Una
señora comprometida”, “España es así”, “Don Quijote de la Mancha, lectura para
niños”, “El Florido Pensil”, “Patty Hearst y otras piezas de vanguardia”, “El
último de los Intocables”, “Almanaque de La Saeta para 1904”, “Guía del
cultivador” de 1876 . . . Algunas novelas en lengua inglesa de la
editorial Book Penguin Readers, y entre los autores más actuales encontré a Salvador
de Madariaga, Tennessee Williams o Pearl S. Buck. Había una pequeña caja-joyero
de madera, con unas iniciales escritas con lápiz en la cara interna, que guardaba
varios ejemplares de “Los Cuentos de Saturnino
Calleja”.
En
las buhardillas los tejados se hundían bajo su propio peso. Todavía quedaban
unos puñados de almendras secas sobre unos sacos de esparto y varios pequeños
aperos de labranza. Me pregunto si la abuela, cuando todavía vivía en la casa, recordaba
que todo aquello estaba allí.
Tuve
que decidir si abandonarlo todo a la vorágine del ladrillo o salvar lo que bajo
mi humilde entendimiento mereciera la pena. ¿Quién no ha conservado con
especial cariño algún libro del colegio, una novela o un cuaderno de dibujo,
deseando que sus hijos lo cojan cuando tengan la edad suficiente para experimentar
algo parecido a lo que él sintió al abrirlo por primera vez?
Ahora
cuento en mi biblioteca con dos ejemplares de “Viento del Este, viento del Oeste” y cuando me acerco a determinada
estantería percibo un ligero olor a humedad.
Indalecio Jiménez Fernández (09/01/2017)
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